Manga, elfos, aerografías y Dr. Bones en la Feria del libro de Bogotá

La XX Feria Internacional del Libro de Bogotá no sólo es una vitrina comercial para los literatos iberoamericanos y las editoriales que los respaldan, sino también un cajón de sastre donde abunda lo mágico y surrealista.

Desde libros de técnicas del cómic Manga japonés hasta expertos en el lenguaje élfico de la saga “El señor de los anillos” que escriben el nombre de los visitantes en el sistema de escritura inventado por J.R.R. Tolkien por menos de un dólar coexisten en esta muestra.

“Vengan, vengan, les hacemos su nombre en élfico y los ilustramos como vampiros, licántropos, “jedis” o cualquier personaje fantástico que ustedes quieran”, pregona Elena Black, una quinceañera ataviada con el uniforme del colegio de hechicería Hogwart, de Harry Potter, en el “stand” de sus amigos: Freak Tower.

“Nuestros ilustradores demoran quince minutos en dibujarte como quieras: Légolas, Frodo, Gandalf, Luke Skywalker (…) por sólo siete mil pesos (3,31 dólares) con lápices de colores y por diez mil pesos (4,73 dólares) si es al carboncillo. ¿Te animas?”, dice a Efe una entusiasta y vivaz Elena.

Agrega que sus clientes, en su mayoría niños y bachilleres, a veces no pueden pagar por una ilustración, por lo que prefieren llevarse su nombre escrito en tangwar, el sistema de escritura ideado por Tolkien.

Sin embargo, otros lo prefieren en japonés, algo de lo cual no sabe nada Freak Tower, pero sí otros “stands” de la treintena que alberga un pabellón de mil metros cuadrados en el centro de eventos y exposiciones Corferias, que alberga esta Feria del Libro.

En tales “stands”, tanto ciudadanos japoneses como colombianos vestidos con kimonos dibujan los nombres de sus clientes en papel periódico y tinta china en cuestión de segundos, por un precio que no supera el dólar y medio.

Algunas de esas caligrafías, incluso, incorporan su respectiva traducción al castellano, un idioma que pese a ser el alentado por la feria comparte espacio con lenguas muertas y con neologismos tan regionalistas que su traducción es casi siempre perentoria.

“¡Mire eso… qué chimba (chévere) parce (amigo)!”, dice un adolescente a otro mientras señala una edición de Manga, una historieta japonesa que si bien atrae a los jóvenes por sus llamativos diseños, termina alejándolos por sus altos precios.

Miller Urrea, uno de los comerciantes de la feria, indica que estas historietas pueden alcanzar los 60.000 pesos (28,42 dólares), lo que no siempre alienta las ventas.

“Este año he vendido un 45 por ciento menos que el año pasado”, agrega, a la espera que las cosas le mejoren de aquí al 1 de mayo, cuando concluirá la feria, que inició el pasado 19 de abril.

A quienes sí parece irles bien es a los realizadores de aerografías.

Por tres dólares y medio decoran cualquier teléfono móvil con motivos hechos con el aerógrafo.

Así, y en tan sólo 20 minutos, podrá tener su equipo personalizado con el dibujo del águila americana en todo su colorido o con el rostro de Indiana Jones en blanco y negro.

“Estos días me ha ido bien. Una señora me pidió este motivo y una niña este otro”, dice un joven tras una vitrina, mientras muestra en una cámara digital las fotos que le hace a cada una de sus “obras”.

Al fondo del recinto, pero no por ello menos atractivo, Alejandro Russi encanta a los visitantes con su “stand” Plasti Crash y su línea de figuras en resina Dr. Bones (Dr. Hueso), reservada a “seres míticos o personajes de la historia que hayan fallecido”.

Las figuras, de unos 50 centímetros de alto, representan esqueletos en los que puede reconocerse a personajes como Adolf Hitler por su bigotito, a Marilyn Monroe por el vestido que se levanta con el aire y la Madre Teresa de Calcuta por su túnica.

Russi denomina a su técnica “caricatura en tercera dimensión”.

Al día vende en promedio dos de sus figuras, cada una por cerca de 85.000 pesos (40,26 dólares), lo que, dice, no le ayuda siquiera para compensar el pago del “stand” en la feria (900.000 pesos, unos 426 dólares), pero que en cambio le ayuda a promocionar su negocio.

“En un principio creí que sólo los iban a comprar los más jóvenes, pero veo que incluso los adultos los llevan”, dice Russi, de 32 años y con nueve de experiencia en el negocio, que como los otros de este pabellón son “una hoja suelta” en el universo de literatos que se pasea por la Feria del Libro de Bogotá.

Fuente: Andrés Alfonso Pachón / EFE

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